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El presente de los mellizos Reggiardo Tolosa, hijos de padres desaparecidos en la última dictadura: “Las secuelas siguen hasta hoy”

Mellizos Reggiardo Tolosa
Gonzalo y Matías Reggiardo Tolosa, los mellizos apropiados durante la dictadura y restituidos en la década del '80

Matías Ángel Reggiardo Tolosa, 43 años, es empleado de una sucursal del Banco Provincia en Rosario, donde vive hace diez años. Allí se casó, fue papá -Benjamín, su hijo, tiene siete años- y desde un par de semanas está en home office después de que en el banco apareciera un caso de Covid. La pandemia lo agarró volviendo de vacaciones, por poco queda varado en Estados Unidos. Lo que más quiere en su vida, dice, es a su hijo y a su pareja. “Con mi mujer, María, perdimos varios embarazos. Ella tenía 39 y yo 32 cuando nos conocimos, fue difícil, pero Benja es hoy nuestro máximo deseo”, cuenta, desde su casa del centro rosarino.

Su hermano mellizo, Gonzalo Javier, vive en Capital Federal. Es empleado judicial: trabaja en el área de sistemas. Su pareja, Ximena Vicario, es población de riesgo y casi no salen a la calle desde que se decretó la cuarentena. Gonzalo tiene una hija, Jazmín, que nació en 2009 fruto de otra relación. Lo que más quiere en la vida, dice, es a su hija y a su pareja. Ximena Vicario es nieta restituida, como él y como su hermano Matías. “Estoy harto como muchos de estar encerrado, lo único que me ordena es mi horario laboral y después leo, miro Netflix. Me gustan los documentales, vi hace poco uno de la mafia en Nueva York que me partió la cabeza”, dice Gonzalo, desde su departamento en el centro porteño.

Son hijos de María Rosa Ana Tolosa y Juan Enrique Reggiardo, desaparecidos durante la última dictadura cívico militar. Suponen que nacieron el 27 de abril de 1977 a partir de lo escrito en el libro de guardia del Penal de Olmos, que funcionaba al lado del Centro Clandestino “La Cacha” en La Plata; sin embargo, no saben con exactitud la fecha exacta. Ambos portan en sus fotos de perfil de WhatsApp unas máscaras algo desmesuradas, que parecen salidas de una película de ciencia ficción. Ambos, sin embargo, y pese a las semejanzas, dicen que son diferentes. Se hablan todos los días, están al tanto de sus familias. La política es casi el único tema que no tocan. Dice que se respetan sus opiniones aunque no discuten por temor a peleas. Matías es crítico del kirchnerismo y apoyó a Mauricio Macri. Gonzalo, a la inversa. “En las redes sociales y en algunos medios quisieron crear una especie de grieta entre nosotros y nada que ver -aclara Matías, casi burlándose del hecho-. No somos personas cerradas, al contrario, asumimos nuestras contradicciones. Y defendemos sobretodo la lucha por los derechos humanos y los casi 300 nietos desaparecidos por la dictadura que faltan encontrar”.

En sus redes Matías prefiere postear fotos de sus últimos viajes por Europa o de comidas exóticas, mientras que Gonzalo linkea notas contra Jair Bolsonaro y videos de San Lorenzo, del cual se declara fanático.

Mellizos Reggiardo Tolosa
María Rosa Ana Tolosa y Juan Enrique Reggiardo, desaparecidos en la última dictadura cívico militar y padres de Gonzalo y Matías

“Hace un año y medio me llamó un muchacho que había sido compañero de mi papá. Me dijo que era de River, que habían ido juntos a la cancha. Mi apropiador me hizo de San Lorenzo y sé que a él lo había hecho hincha José Ahmed, el jefe policial que fue el que comandó el secuestro de Macri en 1991. Uno cambia todo, pero de cuadro no. No me voy a hacer de River a esta altura”, dice Gonzalo, con humor, del otro lado del teléfono.

La historia de los mellizos Reggiardo Tolosa fue construida como un escándalo mediático en una época, entre los ´80 y los ´90, donde los represores caminaban impunes por la calle y los juicios por lesa humanidad se obstaculizaban por los indultos y las leyes de obediencia de vida y punto final. Apropiados en 1977 por el subcomisario bonaerense Samuel Miara, el de los mellizos, además, había sido uno de los primeros casos en el que la justicia discernió si los chicos restituidos debían volver con sus familias biológicas. Cuando empezaron a hablar con la prensa Gonzalo y Matías tan sólo tenían entre 16 y 17 años. En 1994 participaron de programas periodísticos en los que reclamaban ver a Miara, en ese momento ya detenido por la justicia. Así pasó en ciclos televisivos como el de Bernardo Neustadt, donde aparecían defendiendo a sus apropiadores desde el lugar de la familia amorosa. Incluso hubo operadores de prensa que llegaron a decir, en nombre de los represores, que los estudios de ADN se hacían en representación del comunismo internacional.

“Todo estuvo montado con bastante amarillismo, se quería cuestionar la lucha de Abuelas. Bastante armado para que nosotros nos pusiéramos a llorar en cámara. Nosotros estábamos siendo manipulados por sentimientos que estaban muy confusos. Fue un show del horror”, reflexionaron los mellizos, años después, en otras entrevistas.

En el libro “De vuelta a casa. Historia de nietos restituidos”, escrito por la periodista Analía Argento, Matías dice: “Yo no había hecho demasiado en muchos aspectos para saber sobre mis orígenes. Pero desde que fuimos restituidos, a mis papás biológicos les dije papá y mamá, nunca me sentí ajeno a ellos, si bien los tenía olvidados en cierto sentido de la palabra. Siempre la imagen de mi mamá me acompañó, las cosas que recibí de mis tíos, lo que me contaron sobre la infancia”.

Cuando fueron restituidos por vía judicial, en 1993, Gonzalo era quien más hablaba sobre su historia. Matías tardó tiempo en hacerlo públicamente. “Es una historia muy compleja, que nunca se cierra -dice Gonzalo, ahora, en diálogo con Infobae-. Hay un proceso largo que quizás nunca se termine que es el de conocer cómo eran nuestros padres, elaborar el duelo por haberlos perdido. Cuando a veces me encuentro con gente que me dice haberlos conocidos, me guardo enseguida sus contactos y empiezo a averiguar. Cada detalle, cada anécdota, aunque sea chiquita, es imprescindible para formarme una imagen de ellos”.

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Matías, junto a su esposa María y su hijo Benjamín

De esas anécdotas supo que su padre, Juan Reggiardo, había noviado con una chica antes de salir con su madre, María Rosa Ana Tolosa. Y que fue la propia “Machocha”, como le decían sus amigas, la que la contactó para pedirle permiso en su comienzo de romance con Juan. Se conocieron en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de La Plata en 1972 y empezaron a militar en la Juventud Peronista Universitaria.

A Gonzalo esas cosas lo divierten. Se enteró que su papá era fanático de Pink Floyd y Led Zeppelin y que su mamá era una líder “muy aguerrida” de Montoneros, solidaria, querida y respetada por sus compañeros en sus tareas, a tal punto que la comparaban con Evita por su dedicación completa a la militancia. Y que una vez fueron a la cancha de Estudiantes de La Plata y colgaron una bandera que decía “Perón Vuelve”. Con 25 años, “Machocha” estaba embarazada de seis meses al momento de su secuestro. Juan “Quique” Reggiardo tenía 24; la pareja fue vista en “La Cacha” y posiblemente también hayan pasado por el “Pozo de Arana”.

Gonzalo fue invitado el año pasado al palco del estadio de San Lorenzo junto a Estela de Carlotto, y allí saludó a Matías Lammens. A pocos metros estaba el presidente de River, Rodolfo D’Onofrio. “En ese momento no sabía que mi viejo había sido fanático de River, si no, lo hubiera saludado en nombre de él”, dice.

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Gonzalo con su pareja, Ximena Vicario, también hija de desaparecidos y restituida a su familia biológica

El viernes 21 de febrero de 2014 Gonzalo y Matías declararon por primera vez en la justicia ante el Tribunal Oral Nº 1 de La Plata. Allí relataron las circunstancias vinculadas con su nacimiento en la enfermería del penal de Olmos, al lado de “La Cacha”, y sobre su inmediata apropiación por parte del ex subcomisario Samuel Miara. “No voy a decir nada relativo a lo jurídico. Dejaré que nuestro sistema republicano haga justicia, pero quería trasmitir mi fe cristiana. Imploro a Dios que le dé a usted la sabiduría más magnánima que necesita un magistrado para impartir justicia. De más está decir que espero justicia por mis padres. Este es un día bisagra en la historia de mi vida”, había dicho Gonzalo, al terminar su testimonio.

En aquella ocasión Matías relató que su caso fue de los primeros que investigaron las Abuelas de Plaza de Mayo. Que tenían los reportes en 1984, en los albores de la democracia alfonsinista, sin saber quién era la verdadera familia. Sabiéndose investigado, Samuel Miara y su mujer, Beatriz Castillo, se fugaron con los mellizos hacia Paraguay en mayo de 1985, país donde gobernaba el dictador Alfredo Stroessner y refugio de represores argentinos como Norberto Bianco, ex médico del Hospital Militar de Campo de Mayo. Todo parecía parte de un thriller macabro.

En 1987, una delegación de la justicia argentina, liderada por el juez Guillermo Pons, viajó a Paraguay. A partir de ese momento comenzó un periplo judicial que terminaría tiempo después con el reconocimiento de Gonzalo y Matías como los nietos restituidos número 44 y 45 por Abuelas. El testimonio de Matías ante el tribunal federal platense constituyó un paradigma central para la restitución de identidad. Allí contó: “El juez Pons quiso traernos a Miara y a nosotros de una forma compulsiva, pero rápida y evadiendo al gobierno paraguayo. Estimo que se hizo de esa forma rayando con lo no legal, justamente por encontrarse Paraguay en dictadura, y sabiendo que Miara tenía aceitadas relaciones con aquel gobierno en ese momento. Ese es el primer hecho fuerte que ocurre en mi vida. Hasta el mes de agosto de 1987 yo ya tenía diez años, mi vida era normal como la de cualquier otro chico. Yo creía que era hijo de ellos, lo único irregular había sido la mudanza a Paraguay. Nosotros no sabíamos por qué nos habíamos mudado. Nos daban excusas que no sonaban muy lógicas pensándolo con el tiempo, pero nada que pudiéramos sospechar. Y en ese momento fue una cosa muy fuerte porque el juez Pons se presentó con personal de Interpol, de la Policía Federal Argentina y con auxiliares de justicia, y directamente nos intenta separar de nuestra apropiadora, Beatriz Castillo, y nos dice: ‘Esa señora no es su madre’”.

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Los mellizos en brazos de su apropiador, el represor y torturador Samuel Miara

-¿Y qué sentís ahora al recordar esas palabras, Matías?

-Fue un antes y un después en mi existencia -dice, desde su casa de Rosario, seis años después de aquella declaración judicial-. En Paraguay nosotros teníamos siete años y las restituciones eran procesos judiciales muy nuevos, no como ahora, donde ya se recuperaron 130 nietos y hay una jurisprudencia asentada. Era muy difícil acompañar a un menor para que se interese por su verdadera historia, después del choque que implica haber sido criado con una identidad falsa. Lo que ocurrió con nosotros es que queríamos contacto con nuestra familia biológica, pero en el caso concreto de nuestro tío Eduardo Tolosa, él no quería tener contacto si no era bajo un proceso de restitución estipulado por la justicia. Y eso no lo entendíamos en ese momento, pero era lo que correspondía, por supuesto.

Recuerda cómo la justicia no sólo los separó de sus apropiadores sino de sus amigos de barrio en Paraguay, de sus escuelas. Entre otros, eran amigos de Juan Cabandié, apropiado por el represor Luis Antonio Falco, porque ambas familias de represores se frecuentaban con normalidad. Fue un golpe abrupto. Allí fue que, al poco tiempo, habían sido “empujados” por sus apropiadores para dar entrevistas y tener exposición mediática. Se mudaron a la casa de su tío Eduardo en La Plata pero se escapaban e iban a visitar a sus apropiadores. Samuel Miara estaba detenido en una dependencia policial y gozaba de privilegios. “Éramos adolescentes y la convivencia en la casa de mi tío Eduardo era bastante tensa -dijo Matías, hace unos años-. Teníamos mucho caos en nuestras cabezas. A esto hay que sumarle que en el juzgado nos decían que nosotros solamente podíamos vivir con Eduardo porque si no teníamos que ir a un instituto de menores, una situación bastante angustiosa”.

En los últimos años recuperaron fotos de sus padres que estaban perdidas en cajas familiares, hasta juguetes de cuando eran niños. Gonzalo en su billetera suele tener una foto de su mamá, María Rosa. En 2003, cuando se casó, había entrado a la iglesia con su apropiadora, Beatriz Castillo. Allí estaba también Samuel Miara. Los apropiadores fallecieron hace unos años. Hoy Gonzalo dice que tiene una sensación ambigua. “Es una situación difícil. Ellos nunca nos dijeron la verdad, pero los quería. No los perdoné, ni los desperdoné, por ahora es como que nunca terminé de cuestionar todo. Ellos sabían perfectamente quiénes eran nuestros padres, fueron elaborando una cadena de mentiras”.

Mellizos Reggiardo Tolosa
Los mellizos, cuando fueron a declarar en 2014

Cuenta que muchas personas suelen escribirle por Facebook con dudas sobre sus identidades. “Muchos esperan que los apropiadores se mueran para empezar a buscar, porque tienen miedo que vayan presos -explica-. O temen que si averiguan, los apropiadores les dejen de hablar para siempre. Yo encontré que tengo muchas cosas mezcladas, mi identidad es el resultado de mi ideología, tengo cosas de mis viejos, tengo cosas de mi crianza. Es una integralidad. Las vivencias que uno tuvo de chico no las puede borrar”.

Rememora que a Samuel Miara los vecinos lo adoraban, era una persona simpática, sociable, caía bien en todos lados. El juez Daniel Rafecas lo analizó como un hombre de doble personalidad, un tipo honesto y cálido con los suyos y a la vez un verdugo de estirpe perversa en la represión clandestina. Miara fue torturador y violador de los Centros Clandestinos de Detención “El Banco” y “Club Atlético”. Recibió escraches de H.I.J.O.S. en su domicilio, cuando la justicia aún lo resguardaba de sus crímenes. “Samuel Miara es un torturador, secuestrador, asesino, violador y ladrón de bebés. Yo lo vi arrastrar de los pelos a una compañera y castigar con cadenas a su esposo que pedía clemencia para ella. Yo lo vi reventar a cadenazos al marido de una mujer que no se le entregaba sexualmente a la servidumbre. Yo lo vi participando de mi secuestro y dirigiendo el traslado a la muerte de más de 50 compañeros”, declaró una de sus víctimas, Jorge Rufino Almeida.

Y de Beatriz Castillo, Gonzalo dice que fue una madre sobreprotectora, había perdido un embarazo antes de la apropiación de ellos como bebés. Y que en la crianza era alguien amoroso: “Nos malcriaba, y ahora que lo pienso bien quizás era por sentimiento de culpa”.

Su hermano Matías lo siente y piensa desde otro lugar. “Quizás debe ser más duro que la restitución te toque de adulto, cuando ya armaste una vida -dice, en una primera reflexión-. Lo nuestro fue nocivo por esa primera separación de nuestro entorno más allá de los apropiadores y después todo lo mediático, pero fuimos tomando conciencia y los juicios de lesa humanidad fueron fundamentales. Nada reemplaza el no haber podido conocer a mis viejos, desde hoy es difícil entender su lucha política. Incluso no me adscribo políticamente con Montoneros ni con el peronismo. En los organismos de Derechos Humanos hay gente que valoro muchísimo pero me ha molestado que mi caso se usara a veces con réditos políticos”.

Hace una pausa y luego continúa: “En 2014 tuvimos el juicio donde fueron condenados los que secuestraron e hicieron desaparecer a mis padres. Faltó completar el de la apropiación, donde incluso hay un posible entregador que hoy está con prisión domiciliaria. Somos víctimas del terrorismo de Estado, pero le saco la épica a todo. No somos especiales por ser hijos de desaparecidos. Más allá que pasamos cosas aberrantes no quiero vivir en el papel de víctima, eso genera un círculo vicioso”.

-¿Y qué sensación te quedó con tus apropiadores?

-No siento ya nada. El problema fue que ella lo terminó privilegiando a él y yo necesité alejarme, era algo que me estancaba, nos mintieron hasta sus muertes. La disyuntiva que siempre se pone en juego es vivir en la mentira feliz o en la verdad dolorosa, pero hay algunas cosas que te terminan demostrando que vivir en la mentira feliz no es posible. Es algo traumático, uno transita por etapas lentas y dolorosas, me tomó tiempo reencontrarme con mi familia biológica y hoy tenemos un excelente vínculo con mi tío Eduardo y con otras tías y primos, algunos viven en Estados Unidos y estamos comunicados.

Mellizos Reggiardo Tolosa
Los mellizos con su tío, Eduardo Tolosa.

Ambos destacan el tesón de su tío Eduardo, pilar de la búsqueda junto a su abuelo, el entonces abogado Hipólito Tolosa, cuya lucha lo enfrentó con recursos y apelaciones a jueces que, luego de la corta estadía de los mellizos en la casa de Eduardo en La Plata, los sacó de allí para darlos a una familia sustituta conocida de los apropiadores.

En uno de sus tantos trámites por los pasillos judiciales, Eduardo se encontró un día por casualidad con los apropiadores y los mellizos a cuestas, cuando ya la justicia había empezado a estar bajo sus sombras. Entonces Eduardo, que conservaba a una foto en el jean de su hermana María Rosa Ana, la sacó y corrió directo hacia los mellizos. “Les hablé bajito para que no se asustaran y les dije que ella era su madre. Recuerdo que se quedaron con curiosidad, miraron la foto detenidamente. Y ahí apareció Miara increpándome y lo tuvo que frenar su abogado”, contó Eduardo Tolosa, reconstruyendo el suceso.

Hasta el momento son los únicos mellizos recuperados. Ambos se alegran con cada nueva restitución. Antes de la pandemia solían ser invitados para dar charlas en escuelas o en actividades de derechos humanos.

Matías se sigue preguntando cosas. “Con respecto a la militancia de mis viejos si bien tengo muy en claro cuáles eran los objetivos en sí de la dictadura a nivel económico y cómo ejecutó ese plan y cómo la represión fue parte de ese plan, también tengo mis fuertes cuestionamientos hacia Montoneros, sobre todo hacia la conducción. Resulta imposible ponerse en la piel de ellos en ese momento, es darse cuenta que seguramente ellos creyeron que era la mejor forma de luchar por sus ideales en un contexto tan extremo y difícil”, dice, mientras revela que en el último tiempo contactó por Facebook a sus amigos de infancia en Paraguay, con los que tiene un encuentro pendiente.

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Viejas fotografías de su padre, Juan Enrique Tolosa, que recuperaron con los años.

Gonzalo sigue armando un rompecabezas que parece eternamente inconcluso. Cuenta que una tía que vive en Estados Unidos les había ofrecido irse a sus padres ante el acecho represivo de la dictadura, pero ellos decidieron quedarse por sus convicciones políticas. “Es fácil verlo con el diario del lunes -matiza Gonzalo-, mis viejos eran muy jóvenes en un momento de mucha ebullición política. Me consta que mi padre había ido a un colegio salesiano y conoció a sacerdotes tercermundistas. Me he fascinado por la vida de Montoneros, pero que se vaya la lucha armada y todo a la mierda, hubiera preferido crecer con mis padres”.

-¿Cómo es eso?

-Yo cambiaría lo que sea por haber vivido la vida con ellos. Y la culpa de la desaparición fue de quien los hizo desaparecer. Hubo un terrorismo de Estado, mis padres lucharon por un mundo mejor, la desaparición de ellos fue política. Y las secuelas siguen hasta hoy.

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